Esta vez quiero hablar de la amistad, de todo lo que supone para mi. Está dedicado a todas mis amistades, por estar a mi lado en todos los momentos, en los buenos y en los malos; y por haber sido y ser, un punto de apoyo básico en mi vida. No voy a decir sus nombres no sea que me olvide de alguien. Gracias por estar ahí.
Por mi manera de ser y mi trabajo, conozco a muchas personas que me cuentan su vida, sus problemas, sus miedos y angustias; también sus alegrías. Estas personas, confían en mi al contarme sus secretos y desde luego, no seré yo quién desvele lo hablado. Pero en estas relaciones, la escucha tiene una sola dirección. Ellos hablan y yo escucho. Vengo observando desde hace bastante tiempo, que en estas circunstancias, muchas personas confunden la amistad con la escucha.
Para mi, la amistad es reciprocidad, es correspondencia y tiene doble dirección. En estos casos, no es así. Escucha y amistad no es lo mismo. Es muy habitual en mi, sentir la necesidad que tiene alguien de hablar, de desahogarse, de expresar sus angustias; me agrada poder servir de ayuda y escucho. Unas veces soy yo quién me adelanto y me ofrezco; otras, van surgiendo sobre la marcha, en el día a día.
Me suelo sorprender cuando estas personas se consideran mis amigas. Veo la decepción en sus caras, cuando les digo que no lo somos. No lo entienden. Es en ese momento, cuando me gusta hablar de lo que representa para mi la amistad. Les pregunto, ¿qué sabes de mi vida?, ¿conoces mis inquietudes, mis metas, mis temores, mis deseos? El silencio suele ser evidente, pues la respuesta es no. Como no me gusta que nadie se sienta incómodo, y además lo siento así, suelo comentar que les seguiré escuchando o atendiendo siempre que esté disponible y pueda, que no haya amistad no significa que deje de estar ahí.
Algunas personas lo entienden, y con ellas si se da la situación, la relación suele abrirse y dar paso a un mayor acercamiento, a esa doble vía de intercambio. Otras en cambio, no entienden lo que comento, se sienten frustradas y suelen desaparecer de mi vida. Me da pena, pero es lo que hay.
Dicen que elegimos a las amistades y al final, pueden llegar a convertirse en familia. Reconozco que soy muy afortunada por tener unas amistades estupendas. La amistad es muy importante en mi vida, pues en ella encuentro apoyo, escucha, risas, alegría, verdad, respeto...
Tengo unas amistades con las que puedo hablar de todo, desde lo más superficial a lo más íntimo. Surgen conversaciones filosóficas, mundanas, intranscendentes o espirituales. Somos diferentes pero nos une el cariño, el afecto, el respeto, el amor hacia los demás en todos los sentidos. Algunas de mis amistades tienen trabajos distintos al mio, vidas diferentes pero compartimos un mismo punto de vista, la ayuda y el compromiso.
Ser diferente en este caso, es un lujo para mi, pues aprendo de todas ellas. Cada una aporta su personalidad, su manera de ser, de enfocar y vivir la vida. Son personas positivas, alegres, luchadoras. Han pasado o están viviendo momentos duros, y ahí estamos el resto para apoyar, valorar, acompañar, y es recíproco. Cuando una lo pasa mal, llama a las demás y hacemos piña; sacamos lo que tenemos y lo ponemos sobre la mesa para ayudar a resolver la situación.
Nadie es más que nadie, se comparte desde la risas al llanto, desde la comida del día a la de una cena selecta, desde el abrazo a una verdad necesaria para abrir los ojos. Reciprocidad, apoyo, respeto, cariño, afecto, y sobre todo, compartir lo que tenemos y somos. Para mi, esa es la amistad; así son mis amistades, y como dijo alguien una vez, quien tiene un amigo tiene un tesoro.
La foto de la imagen es de un mandala mío que se llama Amistad.