Existen muchas maneras de ver y sentir una ciudad. Es distinta según la veamos a la mañana, tarde, noche, madruga, etc.
Me gusta pasear por la ciudad en las horas en que menos gente suele haber, porque sus silencios cobran vida. Se perciben con mayor nitidez.
Ayer salía a dar esa vuelta a las tres de la tarde. Apenas había tráfico. Todos estaban comiendo o terminando de hacerlo. Apenas me crucé con varias personas, que iban andando al igual que yo, saboreando el paseo por la ciudad.
Según iba caminando, escuché el trino de los pájaros, que sonaba por encima de mi cabeza. No les veía pero su canto era envolvente. Al mismo tiempo, podía observar las flores de los jardines y aspirar su fragancia. Era una sensación diferente a la cotidiana, donde vas por la calle con más rapidez y la cabeza pensando lo que tenemos que hacer a continuación.
Como no había coches, llegaba con más nitidez el repique de las campanas dando la hora. Sonidos claros, transparentes y cantarines. Me sorprendió escucharlo a una distancia bastante mayor de la habitual. Jugué a descubrir su procedencia, intentando diferenciar de qué lugares provenían.
En mi caminar llegué hasta el Puerto. Había marea baja. Los chillidos de las gaviotas se mezclaban con la suavidad de las olas que chocaban con las rocas del espigón exterior. Un sonido cadencioso, casi de nana. Si cerrabas los ojos, podían sentir su calidez.
Mi paseo siguió en dirección a la playa. El sonido de las olas era distinto. Rompían en la orilla y convertían su sonido en largo, susurrante y espumoso. Era sumamente relajante. Me senté en un banco. Conseguí centrarme en este sonido casi hipnótico de las olas deslizándose por la arena fina de la playa. Fueron unos momentos mágicos, casi parecían mantras que relajaban la mente y llegaban muy adentro, ideales para una meditación larga.
Pero la tarde iba avanzando y nuevos sonidos llenaban el aire. Niños corriendo, sonriendo y llamando a sus padres. Grupos de paseantes sacando fotos del paisaje, posando junto a la barandilla de La Concha, sonidos de alegría, sorpresa, de bullicio.
Decidí terminar mi paseo y los sonidos que me acompañaron eran más urbanos, bicicletas que corrían veloces por la acera, coches por la carretera, una sirena de una ambulancia hacia el hospital, coches que iniciaban su recorrido...
Lo que da de si una tarde tranquila de domingo.
La fotografía está sacada de internet y es un detalle de la barandilla de La Concha. Desconozco quién es su autor.
