Este domingo pasado estaba sentada mirando al mar en el mirador junto al Naútico, haciendo tiempo para ir a comer con mi familia, pensando si en la playa había mucha gente, cómo estaría la temperatura del agua... cuando a mi lado se sentó un matrimonio mayor. Aunque no quieras, escuchas la conversación. Estábamos sentados en bancos corridos de madera y ellos hablaban alto.
Mira Fulanita, le decía el marido, "¿el de la gorra no es menganito?." La señora no veía bien y no sabía a quién se refería. En el mismo instante los gabarrones de la playa de La Concha se mecían al vaivén de las olas. Al rato escuché que la mujer decía: "... ah, Santi.". Mientras, miraba mi reloj calculando el tiempo que tenía para llegar a la comida y qué camino elegiría para ir. Mi vista se iba del mar, a la playa, al cielo, es decir, seguía a lo mio.
De repente, una pareja se acerca al matrimonio mayor que está a mi lado, él lleva una gorra en la cabeza. Tiene una edad similar. Tras los holas de rigor, la señora que acaba de llegar le dice a la otra, "Siempre te veo, en tal sitio y en este otro, y como tú no me dices nada, pienso que no quieres saludarme. Te haces la sueca y no saludas. Ya no quieres saber nada de mí.". Lo repite mínino cinco veces y en tono de reproche. La otra mujer, la que no veía muy bien, sólo decía. "No te he conocido. Si Fulanito ya me decía, el de la gorra. Miraba pero no os reconocía. Ya no estáis como antes. Habéis cambiado.". Tuvo que intervenir su marido para dejar claro que había ocurrido todo tal y como decía su mujer. Comentó que sólo había recordado un nombre, Santi.
Tanto insistía la señora con los reproches que estuve a punto de levantarme y decirle, "si le sirve de algo, soy testigo que esta señora sólo se acuerda de sus nombres, no se sus caras.". No tuve que hacerlo. Encontraron la manera de ponerse de acuerdo y tener una conversación fluida.
Volví mis ojos al mar, al color azulverdoso, a las olas, a ver como una señora se metía en el agua y otra salía de ella, cuando de nuevo sin apartar la mirada del suave oleaje, presté atención a la conversación. La mujer del reproche le preguntaba a la otra señora por otras personas y en concreto, hablaban de una mujer que estaba muy enferma. Lo que me llamó la atención fue el tono y la manera en que enfocaron el tema. Decían, "... pobre, tan enferma y sola, con lo que era y cómo está.". Intenté desconectar pero no puede. Siguieron hablando de personas que ya habían fallecido, estaban enfermas o tristes.
Lo que más me chocó, fue el morbo que había en toda la conversación. No había un interés de preocupación, aquello parecía un ranking de ver quién estaba peor, quién había perdido más familiares, quién tenía el corazón más castigado y fatigado, qué medicinas eran mejores y qué contraindicaciones tenían....
Después de ponerse al día y de prometerse saludarse si se volvían a encontrar, se despidieron. Volví a mirar el reloj, era hora de moverse para llegar a la comida.
Mientras caminaba pensé en la conservación, en cómo somos los seres humanos, que hay personas a las que les gusta hablar de enfermedades, de problemas, de momentos tristes y a la vez disfrutar de ello. Algo que no comparto y menos sólo por el placer de hablar de ello.
Sólo me quedó una duda que aún no he resuelto, el morbo vendría por el disfrute mismo de la conversación o de saber que una está aún viva y coleando, mientras los demás están en peores circunstancias.... Si es que dudas existencias tan grandes me impiden conciliar el sueño, y no, no echaré la culpa al calor, ni a los ronquidos de los vecinos, ni a las radios altas, ni a la televisión a todo volumen........ ¡Qué veranito me espera!
La imagen de la foto, es una visión parecida a la que tenía desde donde estaba sentada. se ve parte de la playa de La Concha y de su paseo. Está sacada de internet y desconozco su autor. Si alguien lo sabe pondré su nombre.